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El Rincón Literario

El doctor

Conocía los experimentos secretos del doctor, estaba al corriente de ellos aunque el hermetismo que rodeaba ese campo de actividades me había mantenido al margen de los detalles, así como al resto del personal destacado en aquel laboratorio.

Los hechos a los que hago referencia tienen su inicio una mañana en la que unos gritos provenientes de su laboratorio me hicieron abandonar lo que estaba haciendo y salir para saber qué estaba pasando, me paré frente a su puerta que estaba entreabierta para escuchar y en ese momento vi a una rata que se había escapado de la jaula cruzando la puerta de un salto. Mi primer gesto fue agacharme y tirar de su cola hacia arriba para agarrarla evitando que me mordiera pero la rata me miró directamente a los ojos y tuve una extraña sensación, ya que los ojos de esa rata no eran los ojos de un animal corriente; era como estar mirando a una persona, de modo que no pude reaccionar y cuando sus perseguidores salieron, poco acostumbrados a correr como estaban, no lograron darle caza.

Días después, en una de aquellas jornadas intensivas que solían retenerme en mi sección hasta altas horas de la madrugada, me crucé al salir con el doctor. Noté algunas anomalías en su piel, tenía las ojeras aún más marcadas que de costumbre y los ojos vidriosos, hecho que atribuí al exceso de trabajo. Días más tarde, vi como su estado había empeorado notablemente: su piel tenía un tono verdoso, y había perdido parte de su pelo. Le aconsejé que se pusiera de inmediato bajo tratamiento, pero él me contestó de forma airada llamándome ignorante bajo indirectas.
Una noche más, me quedé hasta la madrugada, así que estaba yo entrando y saliendo constantemente del laboratorio y fue entonces cuando lo vi: algo avanzaba hacia mí desde el final del pasillo, por algún motivo, supe que algo andaba mal; era una de aquellas situaciones en las que el instinto se impone sobre la racionalidad.

-¿Ocurre algo?: pregunté cuando lo tuve frente a mí.

La cosa que tenía delante de mí ya no era el doctor: tenía sus mismos rasgos pero no era él sino algo oscuro, impreciso y corrompido. De pronto comenzó a gruñir y a retorcerse entre convulsiones, hasta que gritó entre dientes:

-¡Huye, antes que sea tarde! ¡Vete!

Me quedé allí parado sin entender qué ocurría cuando el ser que tenía frente a mi me atacó, soltando un alarido me embistió derribandome.
Un espantoso detalle se me reveló fugazmente, y era que el cuerpo de la cosa que tenía frente a mí estaba lleno de cosas que se movían en su interior.

-¿Podrían no armar tanto escándalo?: reclamó alguien que salió de un laboratorio contiguo. Su rostro cambió en una expresión de pánico y la puerta se cerró de inmediato.

Regresé a mi laboratorio pues había tenido una idea: abrí uno de los frascos de éter y con algodón fabriqué una bomba incendiaria. Salí con ella al pasillo y cuando localicé al doctor, encendí el borde con algodón y arrojé el frasco ardiendo contra él. Cuando las llamas lo envolvieron, su cuerpo estalló y una nube de larvas y gusanos saltó en todas direcciones, pegándose a las paredes y al techo, retorciéndose entre llamaradas. Llegado este momento, ya había cundido la alarma entre todo el personal y el pasillo era un hervidero de batas blancas. Uno de los empleados tomó el extintor de la pared pero yo no se lo permití. No quería que uno solo de esos gusanos escapara. Media hora después, lo que había sido el doctor yacía diseminado en restos chamuscados por todo el pasillo.

Convenimos en no decir nada levantando una cortina de humo en torno a la misteriosa desaparición del doctor. Su asistente me contó que él le había pedido ayuda para inocular a las ratas con algo y que mientras sacaba a una de ellas de la jaula para hacerle una revisión, la rata lo mordió y escapó. Entonces até cabos y reconstruí los hechos desde que tenía constancia de ellos. Ahora se lo que debo hacer: tengo que destruir todas las pruebas, los cuadernos del doctor y todas sus anotaciones, deshacerme de todo cuanto material haya quedado en su laboratorio y sobre todo: aniquilar a todas las ratas sin dejar rastro de ellas.

Juan José Villegas

El doctor
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